Dejemos hablar al viento

Impresiones literarias

Don DeLillo: Cero K.

Hace algo más de una semana publiqué en el Huffington Post un artículo sobre una curiosidad (más o menos recurrente) que me sucedió al buscar Cero K. en la biblioteca. Si os interesa, podéis leerlo aquí. Ahora, al libro: yo creo que hacía unos años que no leía algo de Don DeLillo (Bronx, 1936). Concretamente fue La estrella de Ratner, que también reseñé en este blog. En términos generales, ¿es Cero K. una buena novela? No es, ni de lejos, lo mejor que ha hecho DeLillo, pero se deja leer y, además, se pueden reconocer en ella las preocupaciones habituales del autor.

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                                                 Don Delillo

La trama de la novela es algo así: la esposa del multimillonario Ross Lockhardt, llamada Artis, va sumirse en un proceso de criogénesis para poder ser tratada en el futuro de una forma más solvente, para prolongar su vida y superar la enfermedad, sus limitaciones. Desde este punto de partida, Jeffrey Lockhardt nos presenta un mundo elitista que persigue la supervivencia a toda costa. Por supuesto, es elitista porque sólo los que tienen el dinero suficiente pueden optar a esta posibilidad. Con todo, el libro no aborda únicamente estas cuestiones referidas a la casi-ciencia-ficción, sino que tiene giros intimistas que se centran en los problemas de Jeffrey, la relación con su madre, con su padre, así como con otras personas, Emma, por ejemplo, que viene a ser algo así como su novia durante un tiempo. El libro es, además, una indagación (como casi siempre con DeLillo) en el papel que juega el lenguaje en la vida y en su relación con el mundo. A lo largo de la obra, como se verá si se lee, existen referencias, en ese contexto de “superar la muerte”, de la gestación de un idioma aislado, sin filiación, para abandonar lo que es uno mismo, un intento de sistematizar y afinar el habla casi a nivel matemático para adquirir una mayor comprensión de todo. Esta idea es muy interesante.

Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo. Me lo dijo mi padre, de pie junto a las ventanas francesas de su despacho de Nueva York; gestión privada de sanidad, fondos fiduciarios dinásticos, mercaos emergentes. Estábamos compartiendo un punto temporal curioso, contemplativo, y ese momento estaba rematado por sus gafas de sol vintage, que traían la noche al despacho.

Aunque es una novela que pone muchas cosas sobre la mesa, no llega a estar a la altura, como ya refería al principio, de Punto Omega, Submundo, Mao II o Americana. Está muy en la línea de la Estrella de Ratner, a pesar de las décadas que las distancian. DeLillo es uno de los grandes escritores norteamericanos, sin ninguna duda. Al menos es uno de los que más me interesan. Hay que leer a DeLillo. Es más, yo estoy metido intensamente en él desde hace unas semanas.

Raymond Carver: Principiantes

La última vez que leí a Raymond Carver (Oregón, 1938 – Port Angeles, Washington, 1988) fue hace casi dos años. Lo recuerdo porque hice el comentario de su libro Catedral aquí mismo. Antes, mucho antes, ya me había acercado, sin mucho interés, a De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la versión intervenida (casi mejor decir mutilidad) de Principiantes. El encargado de la carnicería fue su editor, Gordon Lish, que alteró la versión original de los textos, de los cuentos que le presentó Carver en 1980, y que fueron publicados por la editorial Alfred A. Knopf en 1981. Se estima que el editor eliminó más del 50% del texto original. El título del libro, en ambos casos, parte del mismo relato, Principiantes: De qué hablamos cuando hablamos de amor es una frase del mismo, que usó Lish como aglutinante.

Carver

                           Raymond Carver

En mi caso, he disfrutado mucho más de esta lectura, una lectura que está libre de intervenciones ajenas y en la que, a mi juicio, encuentro una mayor coherencia, profundidad. Encuentro a un Carver más poderoso e igual de cortante. Pondré un ejemplo. En el libro De qué hablamos… hay un cuento que lleva por título Belvedere, y comienza así:

Por la mañana me echa Teacher’s en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana.
Yo digo:
—Holly, esto no puede seguir así. Esto tiene que acabar

Ahora, veamos cómo se enriquece, con dos o tres frases más, la fatiga del narrador de la historia, en la versión de Principiantes:

Por la mañana me echa whisky Teacher’s en la barriga, y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana. No aguanto más la situación, y se lo digo. Digo:
—Holly, esto no puede seguir así. Esto es de locos. Esto tiene que acabar.

Por supuesto, en este libro de Carver lo que se encuentra, a pesar de las intervenciones, son a sus personajes de siempre con su estilo de siempre, paseando borrachos o solitarios por una vida insustancial, plagada de tragedias que se cuentan sin ningún tipo de artificio. De todas la edades y sexos, en los cuentos de Principiantes nadie se libra de la frustración y la sorpresa desagradable: exparejas que cortan cables del teléfono por celos, conversaciones sobre el amor que incluyen la tolerancia de la violencia, accidentes, nervios, etc. De todos los cuentos, yo destaco uno, cuyo inicio me parece (ya me lo pareció en su día) impresionante. El relato es Visor, y comienza así:

Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si excepctuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente, y de unos cincuenta años.
—¿Cómo perdió las manos? —le pregunté, cuando me dijo lo que quería.

—Ésa es otra historia —dijo—. ¿Quiere una foto de su casa o no?

Si pueden hacerlo, léanse el libro. Si no les interesa demasiado Carver por lo menos lean Visor, un relato sobre nada y sobre todo. Una obrita de arte para no tan principiantes.

 

António Lobo Antunes: Memoria de elefante

El próximo 18 de mayo sale a la venta en España No es medianoche quien quiere (Literatura Random House, 2017), novela escrita por António Lobo Antunes (Lisboa, 1942) en 2012. La última que se puso en circulación del escritor por España fue Comisión de las Lágrimas, hace ya dos años. Si pudiese elegir, yo me sentiría más que satisfecho si tradujesen una al año, pues mi necesidad de leer al portugués es manifiesta, absoluta. Pero como esto no es posible, hay que conformarse con las relecturas y los viajes al pasado, a los comienzos. Así, Memoria de elefante (Literatura Random House, 2005) fue la primera novela que escribió y publicó António Lobo Antunes, allá por 1979.

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                António Lobo Antunes (Foto: Pedro Loureiro)

La experiencia del escritor portugués como psiquiatra nutre este primer texto en el que ya se observan las peculiaridades estilísticas que le son tan propias: prosa poética cargada de imágenes que vienen y van y que redondean la percepción del lector de tal forma que uno termina por sentir intensamente lo que se extiende en palabras delante de él. A lo largo de un día acompañamos al psiquiatra, un trasunto del propio António Lobo Antunes, en su malestar existencial, en el dolor de relacionarse con un mundo subyugado por los prejuicios, por la soledad, por el hartazgo que supone a veces estar vivo (espiar a las hijas desde la distancia, recordar las intensidades del amor, etc.). En apenas ciento cincuenta páginas avanzamos de la mano del narrador, que sabe jugar con las metáforas y las preguntas que son a la vez contradictorias y extrañamente reales: “¿Qué haría yo si estuviese en mi lugar?”.

El Hospital donde trabaja era el mismo al que muchas veces, durante su infancia, había acompañado a su padre: antiguo convento con reloj de junta de distrito en la fachada, patio con plátanos oxidados, pacientes con uniforme vagabundeando al azar atontados por los calmantes, la sonrisa gorda del portero frunciendo los labios hacia arriba como si fuese a volar: de ven en cuando, metamorfoseado en cobrador, aquel Júpiter de caras sucesivas se le aparecía en la esquina de la enfermería con carpeta de plástico bajo el brazo extendiéndole un papelucho imperativo y suplicante -La cuota de la Sociedad, Doctor.

Este es otro libro de António Lobo Antunes que no decepciona. Eso, sí, como ya he advertido en otras ocasiones, sus novelas son muy peculiares y personales en su forma de narrar, lo que puede hacerle pasar por inaccesible en un primer momento. Pero el esfuerzo de leerlo merece la pena. Es de los pocos escritores vivos que está a la altura de cualquier tradición literaria, es casi, todo él, una pieza mitológica cargada de vida que seguramente se valorará más con el paso del tiempo, tras su (esperems que lejana) muerte. Hay que leer a António Lobo Antunes. Hay que leerlo mucho.

Mircea Cărtărescu: El ojo castaño de nuestro amor

Algo que siempre me ha interesado de los escritores que yo considero valiosos, es que hagan literatura de su propia vida: me gusta que ahonden en su propia vida, da igual si es de forma orgánica o no. Las biografías escritas por otros sobre escritores a los que admiro no suelen interesarme lo más mínimo. Sin embargo, cuando un escritor indaga con su propio estilo en su propia vida suele suceder algo que a mí me fascina: con lo que nos cuenta (u omite) podemos ser capaces de atender, de poner el foco donde él o ella lo pone, comprobar lo que ofrece de los rasgos más humanos (o no) de su personalidad. Algunos ejemplos: los Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard, Sobre los ríos que van, de António Lobo Antunes, las Memorias de Arthur Koestler y la Autobiografía de Bertrand Russell. Todos son fascinantes ejemplos, con sus estilos distintos, de las posibilidades de la autorreflexión, de la capacidad para poner la atención en detalles, en escenas que han sido relevantes para ellos y, por tanto, para nosotros como lectores que amamos a esos escritores.

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                        Mircea Cârtârescu

Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) no es un escritor que yo pueda poner al nivel de Bernhard o António Lobo Antunes; al menos no significa lo mismo para mí que ellos. Pero, aun así, me parece un auténtico animal literario, un hombre que sabe ponerle literatura a las cosas para hacerlas vivir. El ojo castaño de nuestro amor (Impedimenta, 2016), es una interesante aproximación episódica a ciertos acontecimientos relevantes o coyunturales de la propia vida del escritor rumano. Sus novelas más conocidas, Nostalgia, Lulu y El levante (¿es esto una novela?) son tres piezas que no hay que evitar si uno se las encuentra por el camino. Por eso recomendaría leerse al menos algo de él (Lulú, quizá), antes de entrar en El ojo castaño de nuestro amor, pues, aunque son textos para disfrutar, están enfocados a las personas que van más allá de la literatura de Cărtărescu y que quieren conocerlo de primera mano. Al menos con lo que él deja ver de sí mismo.

Como si, al escribir, cada línea que trazo en la página con el bolígrafo se cubriera de moho y cada página que dejo atrás, cubierta con mi escritura, se abarquillara, amarilleara y se retorciera como una hoja seca. Pero yo seguiría escribiendo igualmente cada vez más rápido, para que no me alcancen el desastre y la desgracia.

Los textos que componen este libro tienen un expresivo barniz nostálgico (¿por qué se escribe si no del pasado?), pero por suerte nada sentimental, nada afectado: con un alto grado de precisión expositiva, Cărtărescu habla igualmente de unos pantalones vaqueros o de una isla perdida de la infancia, de Jesús o del ímpetu de los escritores jóvenes, que de la muerte de su hermano gemelo (la pieza que da título al libro). Lo cierto es que esta breve narración, en la que realiza la descripción del tiempo que pasó con su hermano, es bastante conmovedora. En conjunto es una obra bastante compacta, no una absurda recopilación de cosas intrascendentes, que tiene momentos de absoluta poesía (Una vez, en un país tan remoto que solo se podía llegar hasta él enlazando diez vidas, como esos pañuelos anudados que el ilusionista se saca de la boca en el circo…). Claro que sí, hay que leer a Cărtărescu.

Thomas Bernhard: Corrección

Curiosamente, leía la semana pasada un artículo en El País en el que hablaban de diez obras maestras que pocos han logrado terminar (algo que es exagerado, sin duda). Junto a importantes libros de Nabokov, Proust o Bolaño, se encontraba la que es una de mis novelas predilectas de Thomas Bernhard (Heerlen, 1931 – Gmunden, 1989), titulada Corrección (Alianza, 2003). Digo curiosamente porque la he releído estas semanas de atrás con la intención de escribir un post sobre ella para celebrar que los días 9 y 12 de este mes se cumplen, respectivamente, unos cuantos años del nacimiento y muerte del escritor austriaco. En el artículo citado se decía que su trama indescifrable, su desprecio por los puntos y seguido (y aún más los aparte), así como su obsesión por las frases subordinadas, hacían de este texto una lectura que repele al lector desde la tercera página. Como ya he dicho en alguna parte, el problema de los textos bernhardianos es que están escritos para lectores bernhardianos: si no estás dispuesto a entrar completamente en su laberinto, probablemente no seas capaz de valorar su literatura en su justa medida.

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                                         Thomas Bernhard

¿Es la trama realmente indescifrable? Por supuesto que no (creo que es importante señalar que por indescifrable quizá querrían decir inexistente, que son dos cosas distintas). El anónimo narrador llega a casa del taxidermista Höller, un hombre que vive en el valle de Aurach junto a su mujer e hijos, para instalarse en la buhardilla de su casa y examinar y ordenar los papeles, las miles de anotaciones que dejó un amigo común llamado Roithamer, y que se ha suicidado recientemente. Roithamer ha estado encerrado en la buhardilla intentando consumar un obsesión: diseñar y construir un Cono en el centro geométrico del bosque de Kobernauss en el que viviría su hermana, una arquitectura que sería para ella la felicidad suprema.  Partiendo de este punto, todo acontece en torno a la indagación que  hace el narrador en los papeles dejados allí por el suicida, que vivía a caballo entre Cambridge y la casa del taxidermista Höller. Por una lado, en la primera parte del relato, la voz nos sitúa en su propia llegada a la casa y su acomodo, así como en las primeras lecturas y recuerdos que se hacen de Roithamer. En la segunda parte, los textos de Roithamer abarcan prácticamente toda la narración y entramos profundamente en su realidad: la idea obsesiva de la construcción del Cono, la relación con sus padres, hermanos y hermana, especialmente con su madre, a la que no soporta, también el odio que siente por su pueblo natal, por sus gentes. Accedemos al universo de Roithamer.

Después de una neumonía al principio ligera, pero luego, por dejadez y descuido, súbitamente convertida en grave, que me había afectado a todo el cuerpo y me había tenido nada menos que tres meses en el hospital de Wels, situado junto a mi lugar natal y famoso en el campo de las llamadas enfermedades internas, me había dirigido, no a finales de octubre, como me habían aconsejado los médicos, sino ya a principios de octubre, como quería sin falta y bajo mi llamada propia responsabilidad, aceptando una invitación del taxidermista Höller del valle del Aurach, inmediatamente al valle del Aurach y a casa de los Höller, sin dar un rodeo por Stocket para ver a mis padres, inmediatamente a la llamada buhardilla de los Höller, para examinar, y quizá también ordenar enseguida, el legado recibido después del suicidio de mi amigo Roithamer

La trama realmente existe, es sustancial, lo que sucede es que el vaivén del lenguaje, su precisión y peso, obstaculizan una asequible penetración en la historia. Pero esto no siempre es así. Cualquier persona acostumbrada a leer con cierta regularidad y que sienta interés por el lenguaje se caerá seducido (con esfuerzo por su parte, sin duda) por esta obra.Es cierto que quizá sea de las más complejas de Bernhard y, si nunca se ha leído nada de él, con toda probabilidad espante realmente al lector. Si éste es el caso, yo recomiendo empezar por sus Relatos autobiográficos, de los cuales ya reseñé uno aquí, o, si se prefiere una novela, Tala (Alianza, 2012). La clave de Corrección está en desentrañar el significado que tiene esta palabra en la novela. Un significado perturbador y quizá correcto. Sí, hay que leer (mucho) a Bernhard. (Mucho).

Dylan Thomas: Hacia el comienzo

No sabría cómo expresar de forma acertada mi admiración por Dylan Thomas (Swansea, 1914-Nueva York, 1953). Y, más aún, por la prosa de Dylan Thomas. Conocido esencialmente como poeta, existe un absoluto desdén, una absoluta desatención por sus cuentos, por sus relatos, por su apuesta narrativa. Sin duda es totalmente aceptable que su poesía haga las veces de carta de presentación, una carta de presentación más que ilustrativa de su valía, pero esto no debería entorpecer la aproximación a la colección de relatos que escribió Dylan Thomas a lo largo de su vida, y que aparecen recogidos en distintos tomos por Mondadori -o si no en un solo titulado Relatos completos (DeBolsillo, 2003)-:  editado en 1998, Hacia el comienzo es el primero de ellos y del que he venido yo aquí a decir unas palabras.

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                                        Dylan Thomas

Lo más fascinante de los cuentos recogidos en este volumen, es la extraordinaria simbiosis que se produce entre la prosa y su pura narratividad y la acentuada presión lírica de las imágenes y el vocabulario que utiliza Dylan Thomas. Todos los textos están barnizados por una atmósfera onírica en la se desarrollan historias que beben y presentan, a veces de forma sustancial y otras como un tenue destello, temas bíblicos y folclóricos de su país: un fuerte simbolismo recorre con fuerza todos los relatos, del primero de ellos al último. Pero no se trata de simples y eruditas referencias a estos ámbitos, sino muy al contrario, del resultado del ejercicio artístico del galés, que resulta, todo él, tan personal como distante. La muerte, el dolor, la soledad, el amor e incluso un cierto absurdo son los temas principales. Hay niños, ancianos, jóvenes, que son asesinos, vagabundos o desorientados místicos.

La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era un mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello recogida en un moño en la nunca.Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos.
(La historia verdadera)

Son un total de veinte cuentos que destilan un extraordinario magnetismo. Hay libros que están hechos para auténticos lectores, para aquellos que no se conforman con un argumento, con una historia que va y viene sorprendiéndonos en ciertos puntos: este libro es uno de ellos. Dylan Thomas es un escritor que si es capaz de entrar en ti, ya nunca va a salir de tu cabeza. Lo más probable es que lo leas y releas siempre maravillado, maravillada, porque sus páginas no dejan de ser extensiones cargadas de riquezas. Ya lo dije al principio: No sabría cómo expresar de forma acertada mi admiración por Dylan Thomas. Y lo sigo diciendo. No sé cómo hacerlo.

Milan Kundera: El libro de la risa y el olvido

En el número 15 de la revista Quimera (enero de 1982) aparece una entrevista realizada por Philip Roth a Milan Kundera (Brno, 1929). En ella, el escritor norteamericano se refiere a un pasaje de El libro de la risa y el olvido (Tusquets, 2013) en el que Kundera compara la risa de los ángeles con la del diablo: unos se ríen porque en el mundo de Dios todas las cosas tiene significado y, por el contrario, el diablo se ríe porque nada lo tiene. El escritor checo responde de la siguiente manera a este mención: “Sí, el hombre usa la misma manifestación fisiológica, la risa, para expresar dos actitudes metafísicas diferentes. Dos amantes corren por un prado, cogidos de la mano, riendo. Su risa no tiene nada que ver con los chistes o el humor, es la risa seria de los ángeles expresando su alegría de vivir. Los dos tipos de risa forman parte de los placeres de la vida pero cuando la risa se lleva al exceso también denota un apocalipsis dual: la risa entusiasta de ángeles fanáticos, tan convencidos de su concepción del mundo que están dispuestos a colgar a cualquiera que no comparta su alegría. Y la otra risa, que nos llega desde el lado opuesto, y que proclama que nada tiene sentido, que incluso los funerales son ridículos y el sexo en grupo una mera pantomima cómica. La vida humana está limitada por dos abismos: el fanatismo de un lado y el absoluto escepticismo del otro.”

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                                  Milan Kundera

De alguna forma, la esencia misma del libro está concentrada en esta respuesta. El libro de la risa y el olvido es, más que una novela, una aproximación a través de distintas historias a unos mismos temas: el fanatismo y el escepticismo en lo cotidiano. Por supuesto no se trata de un ensayo, Kundera no va a hablar directamente sobre estas posiciones vitales. Lo hará refiriendo, en una suerte de variaciones, temas políticos, literarios, amatorios y sexuales: en fin, los puntos clave de su producción literaria. Aunque a estos es necesario sumarles otra linea cordial. La memoria y su recuperación es aquí un asunto capital. Por un lado está la historia de Tamina, una joven viuda que intenta recuperar desde el exilio sus diarios con la intención de superar el olvido en el que se va disolviendo su pasado. Para conseguirlo intentará contar con la colaboración de algunos amigos, de su familia. Al igual que Tamina, durante las siete partes de las que consta el libro, otros personajes deberán surcar los límites de ellos mismos para conquistar algún tipo de certezas sobre la vida (que es memoria y olvido) propia y ajena, pública y privada.

Estamos en 1971 y Mirek dice: La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido. Quiere justificar así lo que sus amigos llaman imprudencia: lleva cuidadosamente su diario, guarda la correspondencia, toma notas de todas las reuniones en las que analizan la situación y discuten sobre lo que se puede hacer. Les explica: No hago nada que esté en contra de la Constitución. Esconderse y sentirse culpable sería el comienzo de la derrota.

No es, sin duda, el libro más excepcional de Kundera, pero para mi siempre es un placer leerlo: a diferencia de lo que le pasa a mucha gente (según se puede comprobar atendiendo a algunas reseñas y comentarios de los muchos que hay en Internet), nunca salgo decepcionado de un libro suyo: el que compra uno de sus libros habiendo leído algo de él con anterioridad sabe lo que se va a encontrar. Y yo lo que encuentro es una voz propia, un esfuerzo por cultivar hasta el final la propia esencia. Eso es un gran logro. Kundera es un gran logro en sí mismo. Hay que leer a Kundera.

Kenzaburo Oé: Una cuestión personal

Nacido en Ose, Japón, en 1935, Kenzaburo Oé siempre me vendrá a la cabeza (o, en todo caso, siempre lo tendré asociada a ella) por una entrevista que le realizó Sánchez Dragó para la televisión hace ya unos años, titulada Descensio ad inferos, y que, mediada, le mostró a los jugadores del Real Madrid entonando el cántico futbolístico por antonomasia, el ”oe oe oe oe”. Recuerdo, además, que esta ocurrencia del periodista español le hizo bastante gracia al nipón. En ella pude comprobar que su apariencia física se aviene con claridad al marcado acento humano y autobiográfico que impera en sus obras; al menos en aquellas por mi leídas. Después de posponer su lectura con cierta inconsciencia (siempre posponemos lecturas inconscientemente, quizá más que de forma consciente) he leído Una cuestión personal (Anagrama, 1989), publicada originalmente en 1964.

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                    Kenzaburo Oé

Una cuestión personal es la historia de un intento de huida. Bird, apodo en inglés que acompaña al protagonista, casado a los veinticinco años, es profesor en la escuela preuniversitaria y acaba de tener un hijo con su esposa. La aparente estabilidad que ofrecen el trabajo fijo y el matrimonio se ve truncada cuando, al nacer su hijo, comprueban que padece una hernia cerebral (la cabeza asoma por una parte del cráneo) y le hace parecer que tiene dos cabezas. La novela toma este hecho como eje estructurante y en torno a él veremos a Bird atravesado por una continua desesperación que le lleva a sumergirse en una continua marea de emociones, de pensamientos trágicos en los que desea de alguna forma la muerte de su hijo, que no sobreviva para no tener que ser el padre del monstruo, en sus propias palabras. Durante el breve tiempo que comprende la narración Bird se pondrá en contacto con Himiko, amiga con la que ha compartido muchas cosas durante algunos años y que lleva una vida enmarcada en una sexualidad y desidia existencial considerables: él recupera viejos hábitos y recuerdos, elabora teorías y sueños de viajar y alejarse de todo, mientras ella hace las veces de contrapunto racional (si tal cosa es posible); eso sí, un contrapunto grisáceo y colmado de tristeza e indiferencia.

Mientras miraba el mapa de África, desplegado en el escaparate como un ciervo altivo y elegante, Bird apenas consiguió reprimir un suspiro. Las dependientas no le prestaron atención. Tenían de carne de gallina la piel de sus cuellos y brazos. La tarde caía y la fiebre de comienzos del verano había abandonado el ambiente, igual que la temperatura abandona a un gigante muerto.

Este libro es una gran experiencia, aún más cuando sabemos que el propio Oé se vio en una situación similar tras el nacimiento de su hijo Hikari en 1963, diagnosticado con autismo e hidrocefalia. Además de una fuerte pátina poética, no he podido dejar de encontrar ciertas reminiscencias kafkianas en el texto, la desorientación y la negrura elemental que remite constantemente al autor checo. Pero bueno, a veces creo que veo a Kafka en todas partes, por eso las segundas lecturas suelen resultarme más acertadas para enjuiciar, no el sentimiento inicial con el que se recibió el libro, la primera impresión que siempre es lícita, sino su talla, su solidez si es que la tiene. Por último sólo me queda decir que sí, que hay que entonar el (Kenzaburo) Oé Oé Oé Oé más a menudo.

Ian McEwan: Jardín de cemento

Lo bueno de echar algunas horas explorando las estanterías irregulares, mesas colmadas y cajas repletas de las librerías de viejo es que uno, de vez en cuando, termina encontrando alguna obra por la que siente una extraña predilección. No tiene por qué tratarse de un clásico, ni siquiera de un libro de contrastada calidad; basta, simplemente, con tener algún tipo de impulso hacia la obra o el autor en cuestión. En este sentido, hacía ya unos cuantos años que deseaba encontrarme con la primera edición en español (1982) en la clásica colección andanzas de Tusquets, del libro Jardín de cemento de Ian McEwan (Aldershot, 1948), la que fue su primera novela, publicada originalmente en 1978. Esta apetencia se fraguó en cuanto acabé de leer la primera parte del texto (¿seis, siete años ya?), cuando lo saqué de la biblioteca: entre lo cómico y lo trágico, esta historia se queda muy corta en algunos aspectos, pero en otros resulta muy interesante y perturbadora. La semana pasada di con este ejemplar, en perfectas condiciones, por apenas seis euros, y el lunes lo terminé. Siempre lo diré: esta clase de encuentros me hacen muy feliz.

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                           Ian McEwan

Si de mí dependiese, comentaría únicamente esto del argumento: en Londres, en los suburbios de Londres por ser más precisos, hay una familia que va a cambiar. Pero como en la contraportada se encargan de desvelar más rasgos de la trama, algo que a mí casi nunca me termina de agradar (resulta más sorprendente la lectura, creo, si no se conoce apenas nada, salvo quién sea el autor o los temas que pueda abarcar), añadiré las menciones al argumento que ahí se encuentran: el padre de esta familia se muere (esto lo sabemos en las primeras líneas) y, estando la madre enferma, gravemente enferma, los hijos (dos niñas y dos niños) se ven obligados a tomar las riendas del hogar, a ocupar el espacio que representaba la autoridad paterna y a conducir la vida de la casa y las suyas. Esta circunstancia provoca que los hijos adquieran pautas, comportamientos propios, que se organicen de acuerdo a sus propias reglas. Para que se hagan una idea, es algo parecido, aunque hay que salvar las distancias, al libro de Golding, El señor de las moscas: en el caso de Jardín de cemento habría que hablar de algo así como de una isla doméstica en la que se suceden sufrimientos físicos, ilusiones, pensamientos, juegos incestuosos. Así, los temas que recorren la novela son principalmente la muerte, la justicia, el sexo, aunque se puede indagar en muchos otros a partir de sucesos concretos que se relatan: así, la violencia tiene también espacio.

Yo no maté a mi padre, pero a veces me sentía como si hubiera contribuido a ello. Y, de no ser por un momento específico de mi desarrollo físico, su muerte pareció insignificante comparado con lo que siguió. Mis hermanas y yo hablábamos de él una semana después y, a decir verdad, Sue se echó a llorar cuando los enfermeros lo envolvieron en una manta rojo chillón y se lo llevaron. Era hombre frágil, irascible, obsesivo y de manos y rostro amarillentos. Si incluyo aquí el breve relato de su muerte es únicamente para explicar cómo mis hermanas y yo tuvimos a nuestra disposición tanto cemento. 

Al comienzo de esta entrada dejé caer que el texto se quedaba corto en algunos aspectos. Esta opinión la sostengo por una sencilla razón: ciertos acontecimientos y situaciones de la novela permitirían un mayor desarrollo literario, un detallismo y recreación que podría convertir las escenas, muchas de ellas, en auténticas vivencias para el lector, unas vivencias oscuras, realmente punzantes y perdurables. Ésta es, por supuesto, una objeción menor pero que como siempre me ha acompañado, y nunca la he expresado, me ha parecido el momento (y el espacio) idóneo para ello. Sí, Jardín de cemento es un buen libro en términos generales, y, al menos para mí, uno de los mejores de McEwan: de los suyos, quizá sea uno de los menos conocidos en España, pero si pueden intenten hacerse con él, no parece probable abandonarlo con indiferencia.

James Salter: Años luz

El pasado día 28 se cumplieron dos años del nacimiento de este blog. Para celebrarlo he decidido releer y dedicar esta entrada a uno de los (más) grandes escritores que ha dado Norteamérica. Al menos para mí, James Salter (Nueva York, 1925-2015) está a la altura de los escritores más importantes de ese país, de esa lengua me atrevería a decir incluso, entre los que sitúo a Philip Roth, Richard Ford o Don DeLillo. La prosa y la temática de las obras de Salter avanzan por derroteros muy personales: algo tan simple como la delicadeza de las palabras, la potencia de las imágenes y los sentimientos que genera con ellas, las sutiles metáforas redondeando las acciones y los pensamientos de sus personajes, de su propia autobiografía incluso, son en él una seña de identidad. Siempre lo he identificado con la pulcritud y la sensibilidad, dos cualidades que no abundan hoy en día en la literatura.

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                                                James Salter

Años luz (Salamandra, 2013), publicada originalmente en 1975, fue el primer libro que leí de Salter. No estoy seguro de cómo lo conocí, pero si me fío de mi memoria tengo que decir que fue a través de Youtube, dando por casualidad con alguna entrevista suya. En esta obra, elogiada con razón por tantísimas personas, se narra la historia de una disolución: Vidi y Nedra son una joven pareja que viven al norte de Nueva York, junto a sus dos hijas, en una suerte de entorno estable y natural. Allí se entregan a unos ritmos de vida en los que destacan las cenas con amigos, la tranquilidad del campo y las ensoñaciones personales. Pero como todo, las brechas en la aparente solidez de la familia se empiezan a apreciar a medida que Salter nos va introduciendo en ellas. Paulatinamente, la realidad de estos personajes se transforma y todos han de avanzar, sin poder evitarlo, hacia el crecimiento personal: aquí, crecer no tiene nada que ver con la conquista de la serenidad o la sabiduría, no es algo positivo, sino más bien la constatación de los estragos inevitables del paso del tiempo por cada miembro de la familia, aunque sin ser una novela polifónica. A lo largo de más de 380 páginas nos damos cuenta de que estamos atrapados por cada una de las líneas, por cada palabra y cada frase de esta narración, y eso nos gusta.

Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, azul por el frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embarcaciones varadas en la playa para pasar el invierno, los embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.

A ratos lírico, a ratos pedestre, James Salter pone en este libro la capacidad artesanal y a la vez artística de conquistar la literatura casi de principio a fin. Sus obras, todas ellas, deberían alcanzar cuanto antes un mayor número de lectores; y no porque lo diga yo o cualquiera otro, sino porque el buen lector, si es tal, se merece éste o cualquiera de sus otros libros. No, no dejéis de leer a James Salter si tenéis la oportunidad, porque el tiempo durante el cual uno lo está leyendo está realmente viviendo.